Hay varios anzuelos que pueden llevarte a la sala de cine a ver esta película. El primero, quizá, pueda ser ver el primer trabajo en tiempo del director de “Boyhood” y la trilogía “Antes de…” alejado de la familia y la pareja (aunque la cinta se rodó hace tres años). No es para menos disfrutar de Shirley MacLaine en el papel de ricachona insoportable, ni comprobar si Matthew McConaughey sigue en su mejor racha interpretativa. Aunque, una vez degustado, el film,  hay dos elementos que fascinan: la actuación de Jack Black y la propia historia, para más inri, basada en hechos reales.

Sorprendente la transformación de Jack Black al que no podréis reconocer ni un solo gesto de las comedias gamberras anteriores en las que ha participado. Sencillamente, la composición de esta subdirector de funeraria amanerado, atento y de modales exquisitos, es perfecta. Por mucho que los distintos testimonios de este falso documental dibujen su figura por capítulos, todo crece en cuanto él entra en cuadro. 

Solo un personaje como él puede protagonizar una trama como esta. Todos hemos conocido a personas abiertamente bondadosas y afanadas única y exclusivamente en hacer el bien a los demás. El máximo objetivo de Bernie es que hasta los malvados parezcan bondadosos el día de su entierro. Y también, de paso, consolar a sus viudas en los días posteriores al entierro, pero, ni mucho menos, con ninguna pretensión ni económica, ni sexual.

Con la más rica y también insoportable de esta pequeña población de Texas en la que transcurre la historia, Carthage, las cosas se salen de madre. Se convierten prácticamente en siameses, y, claro, teniendo en cuenta que el personaje de MacLaine no va a cambiar ni un poco a semejante edad, la cosa solo puede acabar en la página de sucesos, de donde el director, por cierto, la rescató en 1998.

La mirada de Richard Linklater sobre una población pequeña, sobre Texas, que también conoce, y sobre el bien y el mal, cuando se manifiestan de forma casi absoluta, no puede ser más sutil, inteligente y también pícara. Aunque, lo cierto, es que la película es mucho mejor durante su planteamiento, que durante la resolución. Poner al espectador todas las cartas sobre la mesa a mitad del film es algo que ni siquiera un buen actor y un mejor personaje pueden aguantar. 

A pesar de eso, la comedia funciona, y Linklater nos somete a un grato ejercicio contra nuestros prejucios más básicos, que ya es bastante para un estreno veraniego.

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