La ópera no es habitualmente un espectáculo de masas, pero de vez en cuando ocurre un evento mediático que atrae a multitudes. Con el motivo de la Semana de la Ópera, el Teatro Real ha organizado uno de esos acontecimientos que recogen hasta los telediarios y que además es capaz de convencer a expertos, aficionados y principiantes. Se trata de “I Puritani”, una joya del repertorio belcantista paradógicamente no muy representada, en una coproducción transatlántica, estrenada en Teatro Municipal de Santiago de Chile y protagonizada por una pareja estelar: Camarena, el actual señor de los bises, y Damrau, una todoterreno que es capaz de salir airosa incluso de una “Traviata” en la Scala.

Camarena, como Arturo, ofreció una exhibición de canto extraordinaria, una interpretación que será recordada largo tiempo, una calidad vocal que soporta la comparación con cualquier grabación y que en directo supone una de esas experiencias que por sí solas justificarían la existencia del género. Ya en su “A te, o cara” inicial, rebosante de lirismo, estableció el altísimo nivel que luego mantendría, e incluso superaría, durante el resto de la velada. Su canto es una inusitada combinación de potencia y perfecta técnica bel cantista. La emisión de Camarena es firme y a la vez exquisitamente delicada. Posee un elegante color que además mantiene homogéneo a lo largo de todo el registro, pasa del centro al agudo e incluso al sobreagudo con una naturalidad y continuidad inaudita, sin esfuerzo y manteniendo siempre una afinación impecable. El control total del instrumento se evidencia en algunos instantes en los que con perfecto legato consigue cambiar a la vez de tercio -consumando el passaggio-, de intensidad y de tiempo como si nada, como quien habla, como quien ha nacido para ello, como quien hace arte en cada silaba. En el “Credeasi, misera” final añadió a la técnica unas buenas dosis de emoción y de credibilidad dramática. A quien canta con ese dominio y esa hermosura no necesita artificios como el legendario fa sobreagudo. Esa nota que unos dan en falsettone, a otros les suena inoportuna y otros, como él, evitan sabiamente para no estropear una interpretación impecable.

Damrau mostro un buen nivel, aunque inferior al de su amante sobre las escena. El primer acto comenzó con un “Son vergine vezossa” imperfecto, las coloraturas toscamente esculpidas y una emisión que tiende a adelgazar según se acerca a la parte alta de la tesitura. Sin embargo bordó su incursión en la locura, al final de ese mismo acto; la comparación demuestra que a pesar de las exigencias del papel y de alcanzar con cierta comodidad las notas altas, acertó más en su faceta lírica que en la ligera. Su timbre no posee la belleza de el de su compañero, pero la cantante ha desarrollado su faceta dramática para conseguir una Elvira rotunda y creíble en sus facetas de enamorada y de lunática. Una poderosa interpretación que convence en cada instante a pesar de los defectos del libretto y de episodios escénicos como el de la media luna.

La propuesta escénica de Emilio Sagi para estos “Puritani” tiene un enfoque eminentemente ornamental. Su lenguaje escenográfico, que hemos visto en muchas ocasiones en este teatro, se basa en los grandes elementos: los arquitectónicos lo son por tamaño y los decorativos, como las lámparas en este caso, por repetición. Crea cuadros de buen gusto, que proporcionan cierto sentimiento de atemporalidad mediante la combinación de estéticas presentes y pasadas. Pero parece no haber mucho fondo detrás de estas imágenes efectivas, concebidas para agradar. Uno tiene la sensación de contemplar el lobby majestuoso del último hotel de moda, impresionante, pero formal y vacío de tragedia. La dirección de escena se convierte así en un excelente diseño de interiores y, seguramente de modo intencionado y no del todo desacertado, la responsabilidad dramática se delega por completo a las voces de los artistas.

El maestro Evelino Pidò estuvo en esta noche más animado que en otras anteriores de esta misma producción. Quizá por la transmisión en directo, algo jaleosa pero bien controlada. Rescató a Camarena en algún momento en que se perdió -a los maestros también le pasan estas cosas- y recibió un dura reprimenda en modo de abucheos por un respetable que se volcó con la pareja protagonista, dentro y fuera del teatro.

La retransmisión en streaming hizo que esta magnífica interpretación vocal atravesara los muros del coliseo y llegara a ser trending topic. Fue una noche de gran espectáculo vocal, de esas que hacen abandonar el teatro con una sonrisa, una enorme subida de adrenalina y más emociones que estímulos intelectuales. Buen canto para todos los públicos en un evento de los sin duda necesitamos más si queremos hacer de la ópera un espectáculo atractivo sin renunciar por ello a la calidad.

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