Nathalie enseña Filosofía en un instituto de París. Su trabajo le apasiona y disfruta con la reflexión. Casada y con dos hijos, divide su tiempo entre la familia, algunos exalumnos y su madre, una mujer muy posesiva. Un día, su marido le dice que la deja por otra mujer. Con tanta libertad, Nathalie se ve obligada a reinventar su vida. Charlamos con su realizadora, Mia Hansen- Love (“Eden”, “Primer amor”), que logró por este trabajo el Oso de Plata a la Mejor Dirección de la pasada Berlinale.

P: ¿El cine siempre ha sido para usted una forma de explorar los mecanismos interiores de una persona en evolución constante?

R: Sí, pero también es la posibilidad de captar la existencia a través de una presencia. Para mí, las películas son retratos conmovedores, y solo el cine es capaz de conseguir esto. Se trata de capturar la sensibilidad, la sensualidad y lo efímero, así como de intentar abrir una puerta que lleve a lo impalpable, al infinito.

P: Más específicamente, sus películas giran en torno a un retrato costumbrista actual y a una exploración del alma que le permite profundizar, con cada obra, en la descripción de la interioridad.

R: Mis películas siempre comparten la misma búsqueda y forman un diálogo. Se trata de personificar un destino, darle un significado, aunque no sea a través de la palabra. Las historias que cuento no siempre acaban bien, pero intento expresar una verdad y encontrar una especie de plenitud. Es lo que espero del cine.

P: Su cine no encaja con la etiqueta de “drama psicológico” dado que su sentido es multifacético y nos persigue mucho tiempo después de salir de la sala.

R: Cuando escribo, me preocupa el ritmo, la musicalidad y muchas otras cosas, pero casi nunca la falta de información acerca de la “psicología” de los personajes. Lo que necesita saberse suele aparecer a medida que avanza la película sin necesidad de explicarlo. Es más, desde la escritura a la edición, me esfuerzo en retirar la máxima información posible. Si me parece que una escena solo sirve para una cosa, la corto. Solo la mantengo si tiene un valor existencial, si contiene poesía.

P: Aquí los personajes están más abiertos que nunca. Filma la vida como si ofreciera una continua oportunidad de empezar de nuevo.

R: Mis sentimientos hacia esa idea son ambivalentes. ¿Cómo se puede creer simultáneamente en la libertad y en el destino? Eso crea una tensión entre la convicción de que hay que dejarse llevar o creer en una posible satisfacción a través de un movimiento que nadie puede controlar.

P: En algunas ocasiones parece que el personaje de IsabelleHuppert no tiene ni la menor idea de lo que le aportará el mañana o incluso el momento siguiente. ¿Consigue esto siendo muy libre en el plató? ¿Sigue el guión al pie de la letra o busca causalidades oportunas?

R: No ensayo antes de filmar porque la verdad de cada escena depende mucho del decorado, la luz, la ambientación y hasta de cómo influye todo esto en los actores. El guión, la estructura y los diálogos son muy importantes, pero en el plató se trata de que todo esto cobre vida, y solo puede suceder con la interacción entre los actores y el director en un momento preciso. A veces tarda en llegar, en otras ocurre con suma rapidez; puede que sea exactamente tal como lo había imaginado o va en una dirección que no tiene nada que ver. No hay reglas, excepto seguir abierta, estar atenta a todo.

P: Es una cineasta joven, sin embargo se atreve a describir etapas de la vida que aún no a vivido físicamente. EL PORVENIR es el retrato de una mujer de la edad de su madre. ¿Qué importancia tiene la idea generacional en su obra?

R: Siempre me he sentido alejada de mi edad; incluso diría que es algo patológico que guía la escritura de mis guiones. Hay una melancolía en mí de la que me liberó el cine. Se escribe para liberarse de los demonios, pero siempre se regresa a esos demonios. Cuando ruedo, la sensación de alejamiento desaparece. Mi ritmo de escritura y rodaje de los últimos diez años nace de mi necesidad de redescubrir el presente. Da igual la edad o sexo de mis personajes; cuando empiezo a rodar, me identifico con ellos y me reconcilio conmigo misma.

P: ¿Cómo nació Nathalie? ¿Cómo se formó en su imaginación?

R: En parte surge de la pareja formada por mis padres, su unión intelectual y la energía de mi madre. Luego viene la brutalidad de la separación y, para muchas mujeres de cierta edad, la dificultad que plantea escapar de la soledad, algo que, como todos nosotros, he tenido ocasión de observar. Pero escribí la película pensando en IsabelleHuppert, por eso puedo decir que Nathalie nació a partir de mis recuerdos y de lo que había observado, así como de Isabelle. El guión de EL PORVENIR casi se escribió solo a pesar de mis temores en torno al tema y a cómo podía afectarme. El tema me asustaba por una cierta oscuridad unida al hecho de ser mujer, pero debía hacerlo. Estaba dispuesta a ir hasta el final sin miedo ni autocensura. Si hubiera tenido miedo, habría introducido una relación romántica para un final más feliz. La autocensura habría sido dar otra profesión a Nathalie y no la de profesora de Filosofía. Cuanto más trabajaba en el guión, más comprendía la unión entre enseñar Filosofía, tal como lo había conocido por mis padres, y lo que el cine significa para mí. Lo que me trasladaron y que reproduzco a mi manera es, en realidad, la búsqueda del significado. La pregunta constante. También es una obsesión por la claridad y la integridad. En lo más profundo de mi ser veo el Arte y la Filosofía como dos caminos posibles hacia un solo fin, el vínculo con lo invisible. Nuestras preguntas, por muy aterradoras que sean, nos aportan fuerza y valentía, y eso es la esencia de la película.

P: Isabelle Huppert trabaja en numerosas películas, pero vuelve a sorprendernos una vez más con su encarnación del personaje, su forma de moverse, de ocupar el espacio, de hablar, de tomar el sol, de pensar…

R: Creo que es la mejor actriz francesa y no podía imaginar a nadie más en el papel. Además de las conocidas facetas de su talento (la energía, el humor, el toque de ferocidad, etcétera), también tenía en mente a la IsabelleHuppert que había conocido lejos de los platós, que tiene poco que ver con los personajes en los que estamos acostumbrados a verla. Otra cosa me llamó la atención, una especie de fragilidad, de tranquilidad, que contrasta del todo con la mujer dura a la que suele interpretar. Tenía ganas de sacar ese lado y llevarla hacia algo más dulce, tierno, inocente incluso.

P: Ha dado en el clavo con el reparto de la familia – marido, mujer, hijos -, y del ambiente escolar y estudiantil. ¿Cómo consigue semejante autenticidad?

R: Al igual que muchos realizadores, creo que la elección de los actores representa el 95% del trabajo. Hay que saber ver a cada uno individualmente y, a la vez, tener una visión conjunta. Luego es muy importante confiar en ellos para impulsarlos, sobre todo tratándose de no-profesionales. Si tengo un método en el plató, no sabría definirlo. Es a la vez intuitivo y definido. Las conversaciones con los actores giran en torno al ritmo, los movimientos y pequeños detalles que dicen mucho. No suelo tocar temas profundos. Tengo la impresión de que cuanto menos se hable de esas cosas con los intérpretes, más felices se sienten. No hay nada peor que descargar todas las consideraciones psicológicas del realizador en el actor. Siento bastante escepticismo en cuanto a las intenciones abstractas como un camino para encontrar a un personaje. Creo más en la autenticidad de las escenas a las que nos enfrentamos directamente, en el momento.

P: En todas sus películas, la música ofrece un marco para la historia. La canción del final puede interpretarse de muchas formas. ¿Es quizá una forma de decir que una película no acaba necesariamente, que puede seguir dentro de cada uno de nosotros?

R: Procede de mi ambivalencia con la vida y a la que intento ser fiel. Yuxtapongo sentimientos aparentemente contradictorios para que coexistan. En la secuencia final prevalece una sensación de impotencia frente al tiempo: la idea de que solo nos queda dejarnos abrazar por la fuerza que nos lleva; en este caso, la llegada de una nueva vida a la que se debe dar la bienvenida, un regalo que lo consume todo. Es una forma de lucidez a la que aspiro, aunque también me parece cruel. Nos gustaría que Nathalie conociera a alguien y se enamorara, pero no ocurre nada de eso en la película. Acaba teniendo a un niño en brazos, y el tema musical también puede interpretarse como una canción de cuna. Aun así, es una canción de amor y puede ir dirigida a un hombre, al hombre que Nathalie espera y que tal vez aparezca. Es una canción sensual que habla de deseo y de esperanza, dos cosas tan irreprimibles como invencible es el tiempo. Estas dos fuerzas se enfrentan y puede que en esta lucha esté el extraño equilibrio que nos permite sentir que estamos vivos.

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