Entramos de lleno en época de estrenos, que en caso de la ópera, cada año se convierte más y más en un acontecimiento social. Esta vez volvieron a acudir los reyes y su corte, e inmediatamente los periódicos dieron al evento cobertura de primera plana. Letizia, o más bien sus elevadas transparencias, han sido las protagonistas, reduciendo a cantantes, orquesta y director a meros comparsas de la premier. Pero además de princesas y celebridades, también hubo un obra, “Otello”, un estreno de temporada de cierto interés, que no hará historia.

La producción es una colaboración del Teatro Real con la ENO y la Ópera de Estocolmo. Una creación de David Alden donde se percibe una cierta falta de envergadura. Una escena algo estrecha y estática para una caja de la categoría de Real, pero con un innegable y discreto atractivo. Son interesantes los juegos de luces –al estilo de “La conjura de los boyardos”– que elevan las sombras al papel de protagonistas, dando un adecuado toque inquietante a la trama. Ambientado en algún momento de las primeras décadas del siglo XX, la presencia de la guerra y la desolación que provoca preside la acción. No es este Otello un cuento de hadas truncado, sino una historia de fatalmente premonitoria desde sus primeras escenas, donde los personajes se mueven en soledad, arrojados a su destino. Una visión discreta pero teñida de cierta tragedia que hubiera funcionado mejor de haber contado con apoyos musicales.

Se dice que para una buena representación de Verdi lo único que no puede fallar son las voces, algo que suscribiría, excepto en caso de “Otello”, donde la responsabilidad es plenamente compartida con la orquesta. Y es que esta es una obra en la que la que el foso tiene un papel narrativo ineludible. Si por simplificar convenimos en que una orquesta bien puede acompañar, crear atmósferas o soportar la carga dramática de la obra, “Otello” sin duda necesita de esta última lectura, algo que el director Renato Palumbo no logró. Una dirección a trompicones, reducida a un acompañamiento con sordina durante la mayoría de la obra, y desgañitada en los clímax y en los instantes más intensos. Una estocada mortal a la tensión teatral y las emociones que esta obra debe provocar.

Ermonela Jaho ya nos visitó el año pasado con una Traviata algo excesiva, muy temperamental y poco ortodoxa en el canto. Teníamos la duda de cómo abordaría un personaje como Desdémona, de una vocalidad exquisita y delicada. Sorprendió con un ejercicio de contención, recreándose en pianos y filados primorosamente proyectados y unas dinámicas que combinan emoción y buen gusto. Todo esto sin olvidar su marca personal, el dramatismo evidenciado a modo de jadeos y respiraciones entrecortadas. Su doblete en la “Canción del sauce” y el “Ave María” del cuarto acto constituyó el episodio más redondo de la velada.

Kunde ha llegado a ser el tenor inevitable del panorama lírico, estrena no sé cuántas temporadas y visita repetidamente todos nuestros teatros, algo que puede llegar a saturar incluso a sus admiradores. Es siempre un buen actor y merece el respeto de un todoterreno que un momento resurgió de sus cenizas fortalecido. Su canto estuvo algo disminuido durante los dos primeros actos –Jaho fue la protagonista del dúo de amor- pero se reforzó tras la pausa una vez consolidad la idea de venganza. Mejoró entonces la emisión e hizo gala de la combinación de agudos lustrosos y fuerza dramática que le han hecho célebre. George Petean planteó un Yago totalmente correcto en lo vocal pero estrellado en lo dramático. Es este uno de los mejores papeles del repertorio para un barítono, el villano absoluto, puro veneno y falsedad. En línea con el trabajo orquestal de Palumbo, Petean dibujo un personaje transparente, insignificante, con la maldad banal de un contable.

Un estreno de rutina para la élite musical en Madrid, que el público apenas celebró. Una historia inmortal reducida a trámite, que nos hace ya pensar en que esa prometedora Norma sea la que inaugure un año de emociones para los aficionados.

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