Hacía más de cien años que “Norma” no se representaba en el Teatro Real de Madrid. Los aficionados esperábamos su vuelta con ilusión y expectativas. Al fin y al cabo es una de las obras clave del repertorio rodeada además de unas cuántos elementos que hacen las delicias de los mitómanos, como su indisoluble asociación con la divina Callas y su famosa aria “Casta Diva”, según algunos la pieza más difícil para una soprano. La nueva producción que ha ofrecido el Teatro Real para el esperado regreso no ha estado a la altura de las históricas circunstancias. Se trata de un trabajo conjunto en coproducción con la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera y el Palau de les Arts de Valencia, donde ya se pudo ver el año pasado.

La propuesta de Davide Livermore se construye a través de una visión inspirada por los mundos de “espada y brujería”, un género literario y cinematográfico de masas que, si bien tiene cierto encanto, no acaba de adaptarse bien a la caja escénica de un gran teatro de ópera. Pocas veces hemos visto como una peluquería y un vestuario lastran tanto una producción. Los figurines -el término más adecuado para referirse a ellos sería los disfraces- restan credibilidad a la historia y dignidad a los personajes, no ayudan las proyecciones mastodónticas a cámara lenta ni una dirección de actores sin potencia dramática. En la parte positiva estaría el elemento principal de la escena, un inmenso tronco que al girar construye los diferentes cuadros, cuyo potencial no se acaba de aprovechar.

En cuanto a las voces, el trío protagonista tiene interés y supera la prueba conholgura. La Norma de Maria Agresta fue creciendo vocalmente a lo largo de la función. Se la percibe incomoda en las imprescindibles agilidades y coloraturas. Mejoró desde un “Casta Diva” bien ejecutado pero frío, sin desplegar el abanico de sentimientos de esta pieza, hasta un final donde la voz creció y mostró más elementos dramáticos. La Adalgisa de Karine Deshayes tiene un instrumento de mayor calidad y exhibió la belleza de su timbre y su magnético vibrato en cada intervención. Por último, tenemos al Pollione de Gregory Kunde, el hombre que lo protagoniza todo en España pero que sigue guardándose muchos ases en la manga para no aburrir. Esta ha sido una de sus mejores actuaciones en los últimos años. Impresiona como siempre ese agudo impactante pero ejecutado con naturalidad; sin embargo, a diferencia de otras ocasiones, ha entendido que la intensidad no lo es todo, y ha sabido dedicarse con acierto a las intimidades de unas medias voces emotivamente proyectadas, sobre todo durante el segundo acto.

Es este uno de esos repartos en los que el elenco vocal se refuerza mutuamente, en los que los dúos y los tríos -excelentes en cada ocasión- funcionan mejor que las intervenciones de los solistas. Nos quedamos además con ganas de asistir a las otras dos Normas que completan los elencos secundarios: Angela Meade, que debía haber protagonizado el reparto principal por derecho vocal; y Maria Devia, un mito del bel canto que a sus 68 años todavía puede enfrentarse a este papel de endiablada dificultad.

Reconociendo de antemano los defectos de esta producción, se ha vendido esta
propuesta a bombo y platillo como “la Norma de Juego de Tronos”. Los que amamos a Bellini y apreciamos las obras de G. R. R. Martin no vemos la necesidad de un maridaje tan forzado y superficial. Aun así, merece la pena aprovechar la ocasión, asistir, cerrar los ojos y dejarse llevar por la belleza de esas voces magníficamente empastadas y embelesarse con las refinadas sutilezas de una de las cumbres del bel canto.

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